26 de febrero, 21.10 horas. Coronavirus: Comunicado del Ministerio de Salud, Desarrollo Social y Deportes

“A pesar de todo, la virtualidad me unió más con mi nena”


Las comunidades educativas del secano lavallino destacaron el acompañamiento pedagógico y alimentario de la escuela en este año tan particular.

San Miguel Arcángel de los Sauces es un distrito típico del secano lavallino, acostumbrado al calor agobiante, viento, arena, chañares, algarrobo y retamos. Este pueblo escondido tiene su fuerza, su entereza, su espíritu de lucha y trabajo. Prueba de ello, es el sacrifico que hacen los chicos y jóvenes para acceder a la educación. Caminan kilómetros de huellas para llegar a su tan ansiada escuelita, como le dicen ellos.

Esta última semana del ciclo lectivo 2020, el equipo directivo de la primaria a cargo de Mónica Tapia realizó el último recorrido por los distintos puestos de la zona recogiendo los últimos trabajos de los pequeños y entregando los módulos alimentarios que le corresponde a cada chico.

Melisa, mamá de Josefina alumna de salita de 4 de la escuela albergue Nº 8-404 San Miguel del distrito de San Miguel de Lavalle, remarcó que fue muy bueno realizar las tareas juntas.

“Me gustó mucho hacer las tareas con ella, le encanta que le lea cuentos y pintar. Me sorprendió que ya sabe distinguir los colores más complejos y que le lea cuentos. Nos unió mucho esta forma de aprender”, expresó Melisa, muy emocionada al entregar la última tarea de josefina.

Esta escuela albergue se encuentra a 180 km de la ciudad de Mendoza, hacia el noroeste, en el departamento de Lavalle. Allí, 29 chicos de la primaria que albergan se vieron imposibilitados de asistir este año atípico.

A su vez, el establecimiento escolar es compartido con la escuela secundaria Nº 4-254 Caye Hane, donde más de 90 jóvenes de los distintos parajes de la zona concurren para terminar la secundaria.

El recorrido, que duró más de cuatro horas, permitió llegar a los cinco puestos más alejados de la escuela, a unos 50 km más adentro por huellas solitarias y aguadas. Allí, esperaba uno de los alumnos, Pancho, Francisco Talquenca, un chico de 10 años que este año terminó 5to grado.

Acostumbrado a los quehaceres del puesto, contó lo duro que es vivir en esos parajes, pero a la vez la tranquilidad y la paz que significa vivir en el campo.

“Este año que no fuimos a la escuela me dediqué de lleno al cuidado de los chivos y por la tarde hacia las tareas. Bueno… a veces”, expresó Pancho con su sonrisa pícara.

“Extraño estar con mis compañeros más que nada, no tanto estudiar Lengua”, confesó.

“Acá siempre es necesario trabajar y cuidar de los animales. Hace poco mi mamá compró un torito, para que cuando crezca podamos tener crías. Ahora nuestra vaca no le ha caído de la mejor manera, pero creo que se van hacer amigos”, destacó el pequeño alumno, mientras mostraba los corrales y señalaba desde dónde venían las cabras.

El camino siguió por huellas apenas marcadas hasta llegar a otro de los puestos. Las historias se repetían. Mamás contentas por recibir la visita de la escuela en su casa y agradecer a la directora y docentes el esfuerzo que han realizado durante todo este año para poderles acercar los materiales pedagógicos y los módulos alimentarios.

Gabriela, mamá de Ismael, Celina, Emanuel y Gastón Amaya Talquenca, alumnos de la primaria, se mostró muy contenta al poder entregarle los trabajos de sus hijos. “Fue un año muy muy duro. Cómo mamá hice un esfuerzo muy grande porque habían temas que no entendía y tenía que repasarlos para poder acompañar a los chicos”, opinó Gabriela, quien agradeció enormemente el esfuerzo de los directivos y maestros por todo lo que han hecho.